Regreso al futuro

Las primeras horas en Bangkok fueron como avanzar 50 años en el tiempo. Llevaba siete meses recorriendo carreteras polvorientas y llenas de baches en las que los vehículos a duras penas podían exceder los 40 kilómetros por hora. En las calles de Katmandú imperaba la ley del más fuerte: primero los coches, después las motos, los carros, los animales y, finalmente, el peatón. Cuanto más estrecha era la calle, más caótica se convertía. Los rascacielos en Katmandú brillan por su ausencia, así como el asfalto, los semáforos o las aceras. Esta estampa -tremendamente querida y recordada- se encontraba a años luz de la capital tailandesa. El aeropuerto era una obra mastodóntica, impoluta y repleta de tiendas de primeras marcas, cafeterías y duty frees. Nada que ver con la “estación de autobuses”, como había definido una compañera española al aeropuerto de Katmandú.

Ya con el equipaje y mi visado de 30 días, me dirigí al tren que debía llevarme al centro de la ciudad. En el andén, los pasajeros esperaban en fila india detrás de unas marcas en el suelo que indicaban dónde iba a quedar las puertas de los vagones. No me lo creía. ¿Cola para subir al tren? En Nepal las colas eran más difíciles de ver que las olas del mar. Una vez dentro, empezó un recorrido por encima de las inmensas avenidas de Bangkok, sorteando rascacielos y kilómetros de tráfico. Cuando llegué a la estación de Phaya Thai, no podía parar de repetir “esto es increíble, increíble”.

Había quedado con Juan, un voluntario de Hugging Nepal que estaba de paso por la ciudad, pero no tenía teléfono móvil para contactarle. Nuestra estrategia de encontrarnos en la estación salió francamente mal, así que decidí ir al hostal donde nos íbamos a alojar. Conseguí llegar después de un viaje en tuk-tuk en el que temí varias veces por mi vida. Ya en el hostel, le llamé. Juan había tardado más de la cuenta en llegar a la estación -casi una hora- y cuando le llamé estaba dando vueltas inútilmente para ver si me encontraba. Llegó al hostel 45 minutos después.

-En Bangkok la gente es muy seca -me contó mientras devoraba unos pies de cerdo en un restaurante local-. En el norte son más agradables.

Viniendo de Nepal, cualquiera puede parecer borde. Fue de las cosas que más me chocó al llegar a Tailandia, aunque después comprobé que los tailandeses son personas tremendamente amables y educadas. En las grandes ciudades, como Bangkok, con tanta gente yendo y viniendo, siempre es más complicado hacerse una idea del país y de su gente. Mi intención era quedarme en la ciudad dos meses, y eso suponía tomárselo con calma. Julia, mi compañera de aventuras, llegaría a la ciudad en unos días y debía encontrar un sitio para instalar nuestro cuartel general. Durante esos días recorrí la ciudad de arriba a abajo, y no tardé en darme cuenta que lo primero que debía hacer era alquilar una moto.





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