Purna está sentado en un pequeño taburete debajo de una lona vieja y agujereada que le protege del sol. De vez en cuando levanta la vista para comprobar que todo va bien. Hace cuatro meses que alquiló este terreno en Katmandú para instalar su chatarrería y desde entonces compra todo tipo de deshechos a todo aquel que quiera vendérselos. Antes se dedicaba a recolectar él mismo toda la basura que se encontraba por Katmandú; botellas de plástico, papel, cartón, vidrio, productos electrónicos… Ahora son otros los que lo hacen por él.
Los recolectores de basura llegan con sus bicicletas cargadas de deshechos y son ellos mismos los encargados de separar lo que tiene valor de lo que no. Al lado de Purna, sentado en el suelo, un hombre golpea con un mazo un candado para extraer el material que tiene dentro y, un poco más allá, otro corta cables para separar el plástico que protege el cobre de su interior. “El cobre lo compro a 650 rupias el kilo (5,5 euros) porque se vende bien. Otros materiales como el cartón o los libros los pago a 9 rupias y a 15 respectivamente”, nos explica mientras nos muestra un hilo de cobre recién extraído.
En una caseta de chapa, un hombre se encarga de pesar unas piezas de metal extraídas de algún aparato electrónico. Pasada la revisión les paga la cantidad acordada. “En un día podemos ganar 700 rupias (6 euros)”, asegura uno de los recolectores, de origen indio, como casi todos los que pasan por allí. Purna les deja vivir en su chatarrería a cambio de que le traigan a él lo que recolectan. Sus casas apenas merecen este calificativo; son cuatro chapas con un techo sin ventanas ni ningún tipo de comodidad. A su alrededor todo son deshechos: cables, maderas, televisores, muebles viejos y botellas.

El sistema de recolección de basuras en Katmandú está en manos de trabajadores autónomos que, como Purna, no dependen de ninguna empresa municipal que gestione los residuos. Los recolectores son los últimos de la fila, se pasean por las calles en busca de materiales de valor y a cambio reciben una compensación irrisoria. Después Purna venderá el material recolectado a un agente que a su vez lo venderá a empresas más grandes que exportan todo lo de valor a la India. Aquello que no sirve se lo llevará un camión al vertedero. O no.
A pocos pasos del taller de Purna discurre el río Bishnumati, uno de los ríos que atraviesan Katmandú, antaño limpio y caudaloso, y que a día de hoy sirve como vertedero público. A un lado y otro del río montañas de residuos se acumulan creando capas infinitas. El color ennegrecido del río da buena cuenta de la salubridad de sus aguas, un problema importante en la ciudad que es causa de muertes por diarrea, sobretodo entre los niños.

Katmandú es una de las ciudades más contaminadas del mundo. Además de los residuos, el polvo y la contaminación hacen que las circunstancias en las que viven sus habitantes sean peores cada día, y las enfermedades derivadas de ello van en aumento. A pesar de eso, son muchos los que todavía no son conscientes del impacto ambiental que supone verter residuos en la calle y el gobierno municipal es incapaz de dar respuesta a esta situación por falta de recursos. Los pocos espacios naturales que quedan en Katmandú acumulan más y más basura y la ciudad se convierte poco a poco en un vertedero público en el que cada día es más difícil convivir.

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