Mitranagar es un barrio tranquilo. Se encuentra a pocos minutos a pie del Thamel, el barrio más turístico de Katmandú, pero aquí los turistas brillan por su ausencia. Se trata de un barrio residencial donde confluyen calles polvorientas y otras recién asfaltadas, con edificios bajos, pequeños comercios y puestos de comida y té. En la esquina de una de sus calles unas chapas azules protegen un recinto apenas sin edificar. En ellas, escritas en blanco y en mayúsculas, uno puede leer las palabras “Peace and Love”. A su lado, una puerta de chapa y madera entreabierta nos invita a todos a entrar.
Estamos en Epsa Nepal, una organización sin ánimo de lucro fundada en 2009 que da trabajo a mujeres discapacitadas de las zonas rurales de Nepal. En una pequeña construcción de chapa cuatro trabajadoras reciben las instrucciones de un profesor que les explica cómo hacer muñecos de fieltro. Ahora están haciendo un león. En el patio, unas diez mujeres se sientan alrededor de varias mesas y lavan el fieltro con agua y jabón. Unas hacen perfectas bolas con una plancha de madera de forma circular que más tarde servirán para hacer tapetes de colores, y otras dan forma de rectángulo al fieltro que, con mucho esmero y con ayuda del jabón, acabará siendo un billetero sin necesidad de costuras.
Sangita es la fundadora de esta organización. Es una mujer de unos cuarenta años, de baja estatura y mirada inteligente. A los siete años sufrió un accidente en Gorkha, su aldea natal, y se dislocó el hombro. Al cabo de dos días sus padres la llevaron al hospital y el médico le hizo un mal diagnóstico que acabó inhabilitándole el brazo para siempre. Algunas mujeres del taller pasaron por situaciones parecidas; a otras les diagnosticaron enfermedades que les impidieron realizar las tareas del campo y fueron rechazadas por sus familias.
El centro de Sangita les sirvió entonces como refugio y las dotó de las herramientas necesarias para salir adelante. Ahora todas ellas reciben un salario e incluso alojamiento y comida en el mismo taller. “Aquí nuestras mujeres consiguen respeto y empoderamiento, además de confianza en sí mismas. Algunas familias han retomado el contacto con las mujeres después de ver que estas se valían por sí mismas e incluso podían contribuir a la economía familiar”, asegura Sangita con orgullo.

Ranuka está rompiendo los rollos de fieltro y hace pequeñas bolas que después serán lavadas por sus compañeras para acabar de darles forma. Es una chica de 25 años, de piel oscura y ojos negros. A los 10 años le diagnosticaron un problema en la columna que le impidió caminar con normalidad. Con la ayuda de una muleta se levanta y empieza a caminar hacia la puerta. Camina a toda velocidad y con determinación bajo la atenta mirada de sus compañeras, que no pueden evitar reírse. Ella también lo hace. La confianza es tan grande entre ellas que no sienten complejos ni vergüenzas; entre todas se apoyan y se dan cariño.
Son muchas las mujeres que acuden al centro de Sangita en busca de trabajo, pero no hay vacantes para todas. Por eso Sangita ha decidido abrir un nuevo centro en el Terai, la región meridional de Nepal, con capacidad para 25 mujeres. Pero la financiación es escasa y tiene que luchar cada día para tirar adelante un proyecto ejemplar. Para alguien con discapacidad, física o psíquica, la vida es mucho más difícil, y si se trata mujeres en uno de los países más pobres del mundo, todavía más. Pero ellas no dejan de sonreír. El proyecto de Sangita les ha dado una oportunidad para demostrar lo que valen, a sus familias y a toda la sociedad.

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