Para un europeo de a pie, acostumbrado a recorrer las carreteras europeas, viajar por Nepal puede ser un gran fastidio; un engorro desesperante y fatigoso. Más allá de Katmandú el asfalto desaparece, dejando al viajante a merced del polvo y los baches y hacinado dentro de un autobús destartalado cuyo conductor maniobra peligrosamente por las laderas de las montañas. Por suerte, los treinta kilómetros que separan Katmandú de Ranipauwa, en la región de Nuwakot, se solventan en poco menos de dos horas. Un trayecto corto por estas latitudes y un alivio para nuestro europeo.
Ranipauwa se encuentra en lo alto de un monte, a mitad de camino entre Katmandú y Bidur, la capital de Nuwakot. En la carretera principal se concentran un puñado de negocios de ropa, tiendas de verduras y puestos de té; las gallinas revolotean a sus anchas y sus habitantes parecen ver pasar las horas sin ninguna ocupación. Aquí el viajante deberá bajar del autobús y seguir a pie por la empinada cuesta que desciende hasta Lamagaon, en la falda de la montaña.
La primera impresión que nuestro europeo tendrá al llegar a Lamagaon es que allí no hay pueblo alguno. No hay calles, no hay tiendas, no hay farolas. Lo único que hay son casas de adobe y madera resquebrajadas por el terremoto que devastó el país en 2015 y, a su lado, construcciones de chapa temporales que el tiempo va convirtiendo poco a poco en permanentes. Las casas están comunicadas entre sí por estrechos senderos que bordean campos de mijo y arroz. Difícilmente desde una casa se podrá ver otra; la vegetación y la pendiente lo impedirán. Siguiendo la colina hacia abajo se llega hasta el valle de Trishuli, por el que circula el río con el mismo nombre. Enfrente, al otro lado del valle, se levanta una primera fila de montañas, vigiladas desde un poco más atrás por los picos nevados del Himalaya, que al atardecer se sonrojan con los últimos rayos del sol.

En la parte superior del pueblo se encuentra la escuela primaria, con cerca de setenta alumnos, y de cuya reconstrucción se encarga la ONG española Hugging Nepal. Actualmente cuenta con seis trabajadores, además del coordinador del proyecto y los voluntarios. Binay es el trabajador más joven, tiene veintisiete años, y quizás es el que más ilusión y ganas demuestra. Es un hombre corpulento, de rasgos tibetanos y sonrisa sincera. Vive en una casa de chapa unos metros más abajo con su mujer y su única hija, Michum, que ha heredado la sonrisa de su padre. Emigró hace unos años a Malasia, como muchos otros compatriotas, pero tuvo que volver cuando su madre se puso gravemente enferma. Poco después se produjo el terremoto que destruyó más de 700.000 viviendas y acabó con la vida de cerca de 9.000 personas. ¿Qué hacer? Un pueblo destruido, una madre enferma y una hija recién nacida. ¿Volver a marcharse? No. Lo único que puede hacer ahora es trabajar duro, ahorrar todo lo que pueda y construir una casa nueva. Solo entonces podrá volver a irse, si es que todavía le quedan fuerzas.
Manos locales para proyectos locales
Los proyectos de reconstrucción impulsados por oenegés internacionales y la Autoridad de Reconstrucción Nacional (NRA) generan puestos de trabajo tanto a trabajadores cualificados como no cualificados. La principal tarea es evitar que estos potenciales trabajadores abandonen el país y se queden en sus ciudades de origen participando en las tareas de reconstrucción. Sin embargo, un descenso en las solicitudes de permisos de trabajo en el extranjero podría tener consecuencias negativas para la economía de un país en el que las remesas desde el extranjero suponían, en el año 2015, cerca de un 27% del PIB. Además, en muchas zonas rurales como Lamagaon la generación de empleo no ha alcanzado a todos por igual. Binay ha conseguido un trabajo que le ayudará a ahorrar; otros no han tenido tanta suerte.
Los tamang, la etnia mayoritaria en el pueblo, viven principalmente de la agricultura y la ganadería. Cada familia posee un par de búfalos, gallinas y algunas cabras. La mayoría apenas tienen excedentes para vender y eso ha hecho que de momento ningún habitante del pueblo haya conseguido construir una nueva casa. “El gobierno nos da una ayuda de 300.000 rupias (menos de 3.000 euros), pero para construir una casa se necesitan al menos 700.000 más (unos 6.000 euros)”, afirma Binay mientras descansa en la puerta de su antigua casa, cuyo piso superior se vino abajo con el terremoto. “Estábamos todos dentro, mis padres, mi mujer, yo y mi hija recién nacida. Por suerte pudimos salir ilesos”, asegura.
La planta baja de la casa todavía la usan para cocinar pero ya nadie duerme en el interior. Muchos de los vecinos de Lamagaon prefieren dormir en las construcciones de chapa antes que volver a sus casas por miedo a que ceda la estructura o a un nuevo terremoto. A partir de ahora las condiciones en las que se construirán las nuevas viviendas deberán ser más seguras, siguiendo el Código Nacional de Construcción. Se trata de una condición sine qua non para que el gobierno conceda las ayudas a través de la NRA, y para garantizarlo estas se dividirán en tres fases. Si en la primera fase no se han cubierto los requisitos necesarios, la siguiente fase de la ayuda no se concederá.

Binay ya ha recibido la primera parte, y antes de abril del año que viene deberá hacerse con la segunda, pero de momento ni siquiera ha instalado la primera piedra. Ninguno de sus vecinos lo ha hecho. El principal temor que comparten algunas oenegés, entre ellas Hugging Nepal, es que los beneficiarios de las ayudas no cumplan con los plazos o los requisitos para recibir el total de los subsidios, o que destinen la primera asignación a otros fines con la esperanza de disponer del dinero necesario más adelante, dentro de los plazos establecidos. Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy.
Según la NRA, el 95,41% de los más de 700.000 solicitantes de ayudas han recibido ya la primera parte, y de momento sólo 56.000 han recibido la segunda. El próximo año 2018 será decisivo para comprobar si los plazos de construcción se están cumpliendo. La tarea no se presenta fácil, y a nuestro europeo, conocedor de la situación, le recorre una gota fría de sudor por la frente, síntoma de un pesimismo agudo. Pero a Binay no se le borra la sonrisa. Y esta es más sincera que nunca.

Deja un comentario