Situada a orillas del lago Phewa, Pokhara es el destino perfecto para todo aquél que quiera alejarse del bullicio ininterrumpido y la permanente nube de polvo y contaminación de Katmandú. Pokhara es la tercera ciudad de Nepal y uno de los sitios favoritos de locales y foráneos para pasar las vacaciones. A lo largo de la Lakeside Road se concentran incontables comercios, bares y restaurantes a precios asequibles, así como numerosos hoteles con agradables terrazas y vistas al lago. Aquí no hay polvo ni basura; sólo una tranquilidad estática que contagia al visitante al instante y lo sumerge en un espacio en el que las horas y los minutos tienen otro valor y significado.
Además de ser el punto de partida y el destino final de muchos trekkers, Pokhara cuenta con otro atractivo para el turismo: el Street Festival que cada diciembre se organiza para despedir el año. Cerca de un kilómetro y medio de calle queda cortada al tráfico para que los propietarios de los puestos de comida puedan colocar sus parrillas y servir cómodas brochetas de carne que los visitantes disfrutan durante sus paseos. También se instalan escenarios a lo largo de la calle con espectáculos de todo tipo y música a todo volumen; los vendedores ambulantes circulan en busca de clientes y las improvisadas performances obligan a los más curiosos a detenerse durante unos minutos para observar el show.
En la orilla del lago, además de las agradables terrazas de los bares, se colocan pequeños puestos de feria con juegos de lo más variados. Unos hacen puntería con dardos y otros con pequeños aros que hay que introducir, desde una distancia considerable, dentro de botellas de plástico cuidadosamente colocadas. Un poco más allá, un pequeño grupo apuesta a los dados y otro a la ruleta. Enfrente de un juego parecido a los bolos, pero en este caso con latas de cerveza vacías, un chico joven presume de haber ganado una cerveza -o varias- e invita a la multitud a participar. Aquí todo es temporal y efímero; la gente se concentra alrededor de un puesto y a los pocos minutos se diluye en busca de otra distracción.
La noche de fin de año es el punto álgido del festival; es entonces cuando las calles se abarrotan y cuando el ambiente es más festivo que nunca. Se trata sin duda de un experiencia digna de vivir, aunque a uno se le pueda nublar la memoria al día siguiente por la ingesta de cerveza y de ron local. El mejor remedio en este caso es acudir al “Bocaíto Español”, un restaurante en el que se pueden degustar buenas tapas a precios más que correctos, y al mismo tiempo enterrar temporalmente la nostalgia por la gastronomía patria.
Fue allí donde conocimos a un nepalí de Katmandú, de treinta y pocos años y cuyo nombre no recuerdo, que a los pocos minutos de llegar se sentó en nuestra mesa. Se mostró algo invasivo desde el principio, era de esa clase de personas que desprenden una energía turbia y opaca. A los pocos minutos llegó su mujer, Sandra, una checa agradable y muy habladora que nos contó sus sensaciones y experiencias viviendo en Nepal. Fue entonces cuando salió el tema de las castas. En Nepal existe, igual que en India, un complejo sistema de castas que, a pesar de estar abolido legalmente desde hace escasos años, sigue teniendo una gran importancia a nivel social. El marido de Sandra, cada vez más ebrio, hacía gala constantemente de ser Brahmán, la casta más prestigiosa, y al ser preguntado por los Dalit -o intocables- simplemente reconocía que eran seres inferiores, que no tenían cerebro o que sus capacidades eran genéticamente limitadas.
Por suerte, en Nepal no todos piensan como él. En el autobús de vuelta a Katmandú me senté al lado de Nagendra, un joven trabajador de Sahas Nepal, una importante organización nepalí de ayuda para el desarrollo que trabaja, entre otros proyectos, en la construcción de hogares para las familias más necesitadas, la mayoría de ellas Dalit. “La diferenciación entre castas sigue siendo un problema importante en Nepal, sobretodo en las zonas rurales. No es algo que se pueda superar de la noche a la mañana, sino que requiere tiempo y esfuerzo, y sobretodo la voluntad de las castas más altas de reconocer los derechos de las más bajas”, aseguraba Nagendra. Quizás tenga razón y, con tiempo y esfuerzo, las opiniones escuchadas en el restaurante español acaben siendo simples anécdotas en el futuro.

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