Nunca he sido un fanático de las excursiones por la montaña, por no decir de la montaña en general. Y cuando hablo de montaña no me refiero al parque de Collserola, sino a una auténtica montaña de más de tres mil metros de altura. La cuestión es que inevitablemente en mis últimos viajes siempre he acabado en ella. Kalpa se encuentra en un punto intermedio entre la baja montaña, aquella en la que crece abundante vegetación y frondosos bosques, y la alta montaña, donde más allá de un viento gélido y algunas rocas no hay prácticamente nada. Aún así, llevado por un autoimpuesto espíritu excursionista, decidí calzarme las botas, coger la cámara, armar un kit de supervivencia -basado en una botella de agua, papel de váter y galletas de mantequilla– y lanzarme a la conquista de la naturaleza.
El supuesto camino a recorrer empezaba en el hotel Kinner Kailash, un gran refugio de madera al final de una cuesta empinada que salía de la calle principal del pueblo. No era un camino fácil, por no decir que era un camino hostil. Los primeros metros estaban ligeramente acondicionados y en algunos tramos incluso había escaleras, pero la altitud y la fuerte pendiente me obligaban a parar a menudo, momento en el que aprovechaba para sacar algunas fotos y beber un poco de agua.
Mientras avanzaba me iba cruzando con porteadores de manzanas que bajaban con varias cajas a la espalda, las descargaban en la carretera principal y volvían a subir. En ese momento no pude evitar ver mi imagen desde fuera: un blanquito con una cámara colgada del cuello subiendo torpemente por el camino, exhausto, mientras un grupo de jóvenes subían y bajaban con total normalidad con varios kilos de manzanas a sus espaldas.
Al final conseguí subir bastante, hasta el momento en que el camino se desdibujó. Nunca llegué a ver el lago del que tanto me habían hablado, pero acepté humildemente mi derrota. Aunque a decir verdad fue una derrota a medias, porque lo que sí pude ver es el día a día de los habitantes de Kalpa en un entorno de ensueño. Hombres, mujeres y niños se congregaban alrededor de los manzanos, arrancando y empaquetando sus frutos, mientras los más jóvenes los transportaban cuesta abajo hasta el camión. Todo un trabajo en equipo.
Al llegar de nuevo al hotel, Aman, el dueño, me informó de que allí cada campesino tenía su parte de tierra y se encargaba de cultivar sus manzanas, vendiéndolas más tarde a los distribuidores. No había grandes empresas explotando toda la zona y contratando mano de obra para realizar el trabajo más duro, y este hecho repercutía directamente en la calidad de vida de los habitantes de Kalpa.

Bajando de camino al hotel me topé con dos hombres y una mujer trabajando en su parte de tierra. Me acerqué a ellos y les pregunté si podía hacerles una fotografía, a lo que respondieron amablemente que sí. Después de hablar un poco con ellos y cuando ya me alejaba, la señora me llamó. Me giré y vi como, apoyada en cuclillas encima del muro de piedra que mantenía el terreno nivelado, me ofrecía unas manzanas. Me acerqué a ella y, con una sonrisa enorme, alargó la mano y me dijo: “welcome”. Le di un bocado y me pareció la manzana más dulce que jamás había probado, e instantes después creí caer en el secreto del éxito de las manzanas de Kinnaur: el amor y el cariño con el que su gente las cultiva.

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