El motorista danés

Las diez horas de autobús que me separaban de Kalpa se hicieron eternas. Había comprado un billete en un autobús que salía de Shimla a las 22h -al final fueron las 23h pasadas- y llegaba a Kalpa a las 10h de la mañana. El autobús supuestamente era deluxe, y digo supuestamente porque el autobús en el que me metí tenía al menos treinta años y los asientos eran rectos y duros como una piedra y resultaba realmente difícil conciliar el sueño, por no decir imposible. En Sudamérica ya hice viajes de diez y doce horas en autobús pero los autobuses de allí estaban mucho más preparados que los indios. Más adelante descubrí que el autobús en el que viajé no era deluxe, sino un autobús ordinario, y que el hombre que me informó de los horarios se había equivocado, supongo que sin mala intención.

Después de dos cambios de autobús y diez horas sin apenas dormir llegué a Kalpa. El pueblo se encuentra en medio de una ladera poblada de manzanos que desciende hasta un valle por donde circula un río ancho y caudaloso. Al otro lado del valle se alza el Kinner Kailash, una montaña de 6.500 metros de altura con el pico cubierto de nieve. Las vistas desde Kalpa son sencillamente espectaculares. Pregunté en un par de hoteles si tenían habitaciones libres pero ninguno me convenció; el primero era demasiado caro y el segundo era poco acogedor, así que al final acabé en el hotel Apple Pie. Sí, es un nombre curioso, pero es que Kalpa es sinónimo de manzana; su economía se basa principalmente en el cultivo de esta fruta.

El hotel dispone de doce habitaciones a las cuales se accede a través de un pasillo exterior, dividido en varios niveles. La distribución es excelente, las habitaciones son amplias y cuentan con baño privado y agua caliente. Ya era de noche cuando estaba entrando en mi habitación y aparecieron dos sombras que se dirigían hacia la habitación de al lado. La primera era uno de los chicos del hotel, y la segunda parecía ser un huésped extranjero. Más tarde, cuando entré en el comedor en busca de algo para cenar, encontré a Hjande, el dueño de la silueta que había visto anteriormente y que resultó ser un hombre alto y corpulento, de pelo claro, barba descuidada y brillantes ojos azules. Hjande era danés y periodista, y estaba recorriendo Kinnaur en moto durante seis semanas. Tenía dos trabajos; el primero era en un periódico online que trataba temas de desarrollo y el segundo era un proyecto personal llamado Global News en el que publicaban artículos de estudiantes, científicos, cooperantes o jubilados, también relacionados con el desarrollo, pero en este caso además contaban con una escuela online que permitía a los interesados aprender las herramientas necesarias para escribir buenos artículos.

Al cabo de dos días Hjande se fue, pero antes de irse pudimos tener muy buenas conversaciones. Le expliqué mi intención de escribir artículos mientras estaba en la India y no dudó en animarme a hacerlo y en darme buenos consejos. Ese mismo día me habían contestado de Smile Foundation, una de las oenegés a las que había mandado mails estando en Delhi, y sus consejos me ayudaron mucho a encarar el artículo. La mañana que se fue intercambiamos nuestros mails y me animó a contactar con él para cualquier duda. No sé si lo haré, pero en cualquier caso conocer a Hjande en ese preciso momento parecía una señal del destino.





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