Un kashmiri en Shimla

Uno de los principales atractivos de Shimla es el tren que la une con Kalka. Se trata de un viejo tren que discurre por una vía construida más de cien años atrás por los británicos y que bordea las montañas a una velocidad ridícula. Por eso se tarda unas cinco horas y media en recorrer los noventa kilómetros de vía, haciendo el último tramo algo pesado. Los bancos están ligeramente acolchados pero el respaldo es totalmente recto y apenas hay espacio para poner el equipaje, con lo que muchos viajantes tienen que poner sus maletas en los pies, dejando poco espacio para estirar las piernas. Los vagones, además, suelen ir llenos hasta arriba. En el mío había un pequeño grupo de británicos de sesenta o setenta años acompañados por un guía que les amenizaba el recorrido, y más adelante comprobé que el turismo de jubilados británicos era bastante abundante en esa zona de la India.

Shimla es una ciudad de montaña que tuvo su auge en la época colonial al convertirse en un destino de verano para miembros del gobierno y otras instituciones de Delhi, que huían del sofocante calor de la capital. La ciudad se extiende a lo ancho de una ladera rodeada de frondosos bosques de abetos, y su parte más alta recorre parte de la cordillera ofreciendo una vista inmejorable a ambos lados de la montaña. Esta además está cerrada al tráfico y permite que los múltiples visitantes puedan pasear tranquilamente lejos del agobio de las bocinas. Por eso, y por estar sorprendentemente limpia, Shimla es una ciudad bastante atípica, con un nivel de vida superior al de otros muchos pueblos de la zona y con un aspecto mucho más cuidado. Sin embargo la gran afluencia de turistas, especialmente indios de clase media, la ha convertido en una especie de parque de atracciones con franquicias de grandes cadenas de restaurantes y tiendas de ropa, y la ciudad ha perdido parte de su encanto.

El taxi me dejó en la parte baja de la ciudad, por donde discurre la carretera principal, y allí compré los tickets para subir en ascensor a la parte alta, donde se concentra el grueso de los hoteles y la actividad. Yo no sabía exactamente dónde estaba mi hotel así que activé google maps y seguí las indicaciones, sin saber que la localización a la que me dirigía estaba puesta al azar y no correspondía con la ubicación real. Empecé a recorrer la ciudad de arriba a abajo con la mochila a cuestas, y cuando me di cuenta estaba otra vez en la parte baja del ascensor. Mi cabreo fue monumental porque además había estado haciendo una cola infernal para coger uno de los dos únicos ascensores que había en la ciudad, y era la única alternativa a subir a pie. Volví a pagar, volví a hacer la cola y me encontré, una hora después, en el mismo punto que al principio. Finalmente conseguí llegar al hotel, completé un check-in eterno y me instalé en la habitación agotado.

Al día siguiente la ciudad me pareció más bonita. Estuve recorriéndola de arriba a abajo durante unas cuantas horas porque ya había hecho el check-out en el hotel y no tenía a dónde ir. Cuando ya oscurecía me senté en un banco y conocí a Aaqib, un chico de veinte años alto y espigado que al verme con un cigarrillo en la mano me advirtió que allí no se podía fumar. Yo sabía que no se podía, y a él posiblemente le diera igual que lo hiciera, pero los dos estábamos solos y nos sirvió de excusa para iniciar la conversación.

Aaqib había viajado solo desde Ladakh, unos kilómetros más al norte, donde estudiaba. Era de Kashmir, una región ubicada entre la India y Pakistán y reclamada por ambos países. Los kashmiris tienen una identidad fuerte basada en una lengua y cultura propias y llevan muchos años en conflicto por defender un mayor autogobierno o incluso su independencia. Aaqib me contó que cuando la India consiguió la independencia del Reino Unido, a los kashmiris les pareció oportuno -y tampoco les quedó más remedio- independizarse también como parte del territorio indio. Sin embargo, el Kashmir es una zona olvidada y muy militarizada de la India. Sus habitantes denuncian la falta de oportunidades y la dejadez del gobierno con su región y muchos optan por emigrar a otros países. En el caso de Aaqib ese país era Dubai.

Aaqib era una persona muy orgullosa de su pueblo y tenía mucha confianza en sí mismo. Me contó que cuando llegó a la universidad no conocía a nadie y que algunos compañeros se reían de él porque no sabía hablar inglés. Tal fue su determinación que en diez días consiguió articular algunas frases, y a pesar de que su nivel no fuera altísimo, consiguió hacerme entender lo que quería decir en todo momento. Decía que los kashmiris eran personas tremendamente capaces y talentosas y que nunca había conocido a alguien más inteligente que ellos. Para Aaqib su tierra era la más bonita del mundo.

Después de una larga charla nos despedimos amistosamente, nos intercambiamos los teléfonos -él apuntó el suyo como Aaqib Kashmiri- y acordamos que si algún día iba a Kashmir le llamaría. Espero poder hacer algún día esa llamada y, mientras tanto, le deseo a Aaqib toda la suerte del mundo. Con su determinación y su fuerza seguro que la tendrá.





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