Edu se fue al cabo de un par de días a Katmandú y yo me quedé un día más en Delhi intentando encontrar alguna historia que poder contar. Escribí a algunas ONG que trabajaban en distintos ámbitos; algunas trabajaban en el acceso a la educación de los niños, otras en el cuidado de personas mayores y otras en igualdad de género y ayuda a la mujer. Creía que a través de estas organizaciones podría acceder a los grupos más vulnerables de Delhi y que estas me ayudarían a dar a conocer su trabajo en un hipotético artículo, pero no fue así. Podría haber persistido más en el intento, quizás presentándome directamente en las oficinas o buscando otras organizaciones, pero tenía poco tiempo y preferí viajar al norte y recorrer la zona de Rinnaur, una de las regiones de la India más próximas al Himalaya y con gran presencia budista tibetana.
La Oficina de Información Turística de la estación de tren de New Delhi es el único sitio en el que un extranjero puede -o debe- comprar un billete. Se encuentra en la primera planta de la estación, entre otros muchos despachos, y se accede a través de un pasillo ancho y oscuro. Es una sala amplia con un mostrador largo al fondo y un par de filas de sillas para esperar el turno. Al lado de estas hay una vieja máquina donde uno puede obtener el ticket para ser atendido. Cuando yo llegué solamente había un par de personas comprando billetes, uno de ellos parecía americano y los otros dos eran una pareja aparentemente india. A pesar de que varios mostradores estaban libres yo saqué mi ticket y esperé a que alguien me llamara. Ante la inacción de los trabajadores me acerqué al mostrador y uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años de piel oscura, de baja estatura y con un bigote frondoso me atendió. Todavía me pregunto cuanto tiempo hubiera tenido que esperar hasta que alguien me llamara. Después de una ligera charla sobre España conseguí mis billetes; el primero iba de Delhi a Kalka y el segundo de Kalka a Shimla. Yo no sabía muy bien lo que había en Kalka, pero como detesto madrugar decidí coger el tren de las 17:15h, pasar allí la noche y al día siguiente coger el tren a Shimla.
Kalka no tiene nada. Es una ciudad de paso entre Delhi y Shimla donde la mayoría de los turistas que llegan a última hora se van pronto por la mañana. Cuando yo llegué ya era de noche. Había buscado algunos hoteles baratos pero no había reservado ninguno, así que me dirigí al que tenía mejores malas críticas. El hotel The Lotus es un edificio muy pequeño de dos plantas en un estado de visible dejadez. Tiene tres o cuatro habitaciones por planta, dos de ellas, las más grandes, en la parte delantera y dos en la parte trasera. En la planta baja hay dos locales, uno de ellos la recepción, y en medio están las escaleras que suben casi verticalmente hacia arriba. El recepcionista me dijo que tenía una habitación libre pero que estaría lista a partir de las 23h, y eran las 21:30h, así que decidí ir a cenar.
Mientras degustaba mis verduras con especias empezaron a estallar petardos y fuegos artificiales por todos lados. Los pocos coches y motos que pasaban por delante pitaban sin cesar y las únicas que parecían no inmutarse eran las pocas vacas que paseaban por allí. Esa noche era Diwali, la fiesta de la luz, una fiesta hindú que conmemora algo así como el fin de año y que en la India es todo un acontecimiento. Todas las casas, por humildes que sean, decoran con luces de colores sus fachadas y hay fuegos artificiales por todos lados.
Después de cenar volví a la recepción del hotel. Todavía faltaba media hora para las 23h pero tenía mi equipaje allí y no quería dejarlo solo mucho tiempo. Sudhiir, un chico joven, de unos dieciocho años, de baja estatura y nariz ancha, estaba al mando de la recepción en ese momento, pero no parecía estar dispuesto a renunciar a la fiesta por ese motivo. En un momento me enseñó una caja con lo que parecían chocolatinas de Navidad envueltas en papeles de colores brillantes, que resultaron ser petardos de alto explote. Junto a un amigo salió a la calle y lanzó un par de ellos extremadamente cerca causando un grandísimo estruendo. Yo aproveché para sacar mi cámara y hacer algunas fotos con la luz de los petardos, a lo que ellos respondieron con entusiasmo.
Después llegó el turno de los cohetes. Sudhiir cogió una botella de plástico vacía e introdujo un cohete en ella, prendió la mecha y el cohete salió disparado en dirección a la calle para acabar estrellándose en un árbol. Eran un auténtico peligro. Yo me mantenía a una distancia prudente, pero conseguí sacar un par de fotos buenas -que más tarde acabaría perdiendo-. Después me pidieron que les hiciera una foto juntos, y luego les dejé la cámara para que probaran ellos mismos, con resultados mejorables.
Después de un par de selfies y tirar un par de petardos más, Sudhiir me dijo que mi habitación estaba lista. Cogí mis cosas y antes de subir para arriba vi como Sudhiir lanzaba un último petardo, que pareció sonar más fuerte que los anteriores, alzaba los brazos y gritaba con emoción: “¡Happy Diwali!”.

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