Diez minutos después de la llamada apareció Edu por la puerta del Starbucks. Iba con una camisa azul marino abierta por el segundo botón, unos pantalones tejanos, sus gafas de cerca negras encima de la cabeza y una bolsa con unos diez kilos de telas colgada del brazo. Edu tiene una ONG en Nepal que da trabajo a mujeres que confeccionan piezas de ropa que posteriormente se encarga de vender en España. El dinero que obtiene de la venta lo reinvierte en más telas y así sucesivamente. Comprar telas en la India es un trabajo exigente e implica mucha paciencia, tanto en el trato con los vendedores como en el tiempo que llevan los desplazamientos en ciudades tan caóticas como Delhi o Jaipur. Por eso, y por destinar todo ese esfuerzo a un proyecto social, el trabajo de Edu merece toda mi admiración.
-Los taxistas son unos chorizos -me dijo después de explicarle como había llegado hasta allí-. El problema es que no quieren entrar en esa zona porque les da pereza y te dejan donde les da la gana. Son unos sinvergüenzas.
Edu llevaba más de veinte años viajando a la India con frecuencia y conocía perfectamente el país y su gente. Verle tratar con los indios era todo un espectáculo, perdía los nervios con mucha facilidad y a veces tenía que calmarle. Para él era un infierno; para mí era divertido verlo desde fuera.
-Al final tienes que cabrearte porque sino parece que no te entienden -decía mientras removía su café con leche y miraba hacia el exterior-. Antes todo esto no existía. La India ha cambiado mucho, ha perdido parte de su encanto. Acabo de pagar casi cuatro euros por un café, eso hace unos años era algo impensable.
A mí me daba la impresión de que a Edu le molestaba el desarrollo de la India porque le hacía perder la autenticidad que tenía años atrás, y al mismo tiempo porque cada vez era menos ventajoso para los extranjeros hacer negocios o instalarse allí un tiempo. Edu formaba parte de la clase alta barcelonesa más progre, y parte de esa generación siguió la moda de ir a la India para encontrarse a sí mismos y acabaron enamorándose del país y haciendo negocios en Europa con sus telas y sus joyas. Sin embargo la intención de Edu no era obtener beneficios personales; él había renunciado a una vida cómoda para hospedarse en hoteles desvencijados y viajar en transportes precarios por una causa noble.
Una vez terminado el café salimos a la calle en busca de un tuk-tuk que nos acercara al hotel. En menos de treinta segundos Edu ya estaba negociando con un conductor el precio del viaje, el cual por supuesto, le pareció insultantemente alto. Regateó un poco y acabamos subiéndonos en el vehículo, aunque Edu seguía refunfuñando y mostrando su enfado por el precio abusivo del viaje. Esta era la tónica general cada vez que cogíamos un tuk-tuk: Edu preguntaba el precio, el conductor le respondía, Edu se enfadaba y ofrecía otro precio, y si el conductor lo aceptaba subíamos, y si no íbamos a buscar otro. La cuestión es que subiéramos o no subiéramos Edu siempre se enfadaba, y eso a mí me hacía partir de la risa.
El Ajay Guest House se encuentra en una estrecha callejuela perpendicular a Main Bazar Road, el centro del turismo mochilero de Delhi. En su entrada hay un mostrador para hacer el check in y un poco más adelante, pasadas las escaleras que llevan a las habitaciones, hay una sala amplia con columnas y paredes blancas y con varias mesas para comer o tomar algo. También tiene una tienda de ropa y una pequeña sala con tres ordenadores. Casi todas las habitaciones cuentan con cama doble y lavabo propio, y aunque la limpieza es bastante mejorable, me parece en general un buen hotel, y más teniendo en cuenta los diez euros por noche que cuesta una habitación. Edu decía que había bichos y que no limpiaban las sábanas entre cliente y cliente, pero las mías parecían limpias. En cuanto a los bichos, sí que había alguno que otro.
Cerré la puerta de mi habitación y me dispuse a darme una ducha, pero antes de hacerlo me tumbé en la cama y me quedé dormido. Al cabo de un rato Edu llamó a la puerta de mi habitación; habíamos quedado para cenar y llegábamos tarde. Adiós a la ducha. A los pocos minutos estábamos en un tuk-tuk dirección al Hotel Imperial, la antítesis de nuestro cutre y mugriento hotel.
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