Ocho horas de vuelo mal dormidas, una conversación amena con un indio de Bombay y su mujer, y una comida india insípida fue todo lo que sucedió entre España y la India. El avión empezó a descender sobre la una y media de la tarde cruzando lo que en un principio parecía una nube, pero que acabó siendo la neblina de contaminación permanente de Delhi. Tocaba pasar los correspondientes trámites: esta cola sí, esta cola no, por aquí, por allá, el pasaporte, pasa, busca, avanza, la maleta y fuera. Edu me había recomendado ir a la parada de Pre Paid Taxi y allí que me fui. No hizo falta ni siquiera llegar a la caseta que un taxista alto y delgado ya me había abordado.
-¿Pre paid taxi?
– Yes. Voy cerca del Main Bazar -en ese momento saqué mi móvil del bolsillo y le mostré una captura de pantalla con mi destino, preparada para la ocasión- ¿How much?
– 450 rupias.
Genial. Edu me había dicho que no me tendría que costar más de 400 y sinceramente esperaba que me pidiera de entrada alguna suma desorbitada, así que acepté. Soy muy malo para regatear. El taxista me acercó hasta la ventanilla de la caseta donde un señor de unos cincuenta años, barrigudo y con bigote, repartía los recibos. Le informé de nuevo sobre mi destino.
– 400 rupias -me dijo el señor.
Miré al taxista, que parecía hacerse el loco, pagué y nos subimos al taxi, sumergiéndonos en el caótico tráfico de Delhi. El tipo en cuestión tenía treinta y tres años, estaba casado y tenía dos hijas. Era un hombre simpático y sonriente, pero también tenía esa pillería del taxista que lleva a un turista desorientado que acaba de poner sus pies en la India. Después de unos veinte minutos y una lección de cricket para novatos, el taxista paró en un punto de información turística.
– Mira -me dijo- resulta que hay elecciones locales hoy, hay problemas para acceder al centro y no sé exactamente donde tengo que dejarte. Llama al hotel desde aquí y que te digan donde es.
Después de explicarle la situación al señor del punto de información consigo llamar al hotel. No soluciono nada. Le paso el teléfono al taxista para que hable con ellos y a los dos segundos de engancharse el auricular a la oreja cuelga el teléfono.
– Ok, let’s go.
Salimos a la calle y en medio del bullicio de gente, rickshaws, tuk-tuks y animales de todo tipo me dice que el hotel está en una zona de difícil acceso en coche y que vaya en tuk-tuk. En ese momento levanta el brazo y un tuk-tuk frena en seco, le dice un par de palabras en hindi al conductor, le da algo de dinero y salimos entre bocinazos.
Los tuk-tuk son unos vehículos motorizados bastante divertidos. Se trata de una especie de motocicleta de tres ruedas cubierta con un caparazón sólido que cubre la parte delantera, la trasera y el techo, dejando los laterales al descubierto. El conductor se coloca delante, en un asiento individual manejando el manillar, y los pasajeros se colocan en un banquito estrecho en la parte trasera. Más allá del aparato en sí, lo divertido del tuk-tuk es que es bastante manejable y da más margen de maniobra -e imprudencia- que los coches.
Después de las correspondientes presentaciones y algo de charla el conductor suelta la bomba: no sabe a dónde vamos. El taxista simpático y sonriente me la había jugado y para quitarse de encima al guiri lo había enchufado a un conductor de tuk-tuk. Bueno. Le explico al conductor que voy al Main Bazar y me cuenta lo mismo que el otro: que el centro está vallado y no se puede entrar.
-Ok, déjame aquí y ya me apaño.
Me bajo del tuk-tuk y empiezo a caminar dirección al centro. Después de preguntar un par de veces llego a una zona aparentemente más céntrica, a juzgar por los KFC, McDonald’s y Starbucks. Me paro en este último y consigo con bastante más éxito del esperado que alguien me ayude a enchufar el cargador y conectarme al wifi. Perfecto, funciona. Llamo a Edu por whatsapp.
-¡Lucas! -contesta Edu al otro lado del auricular.
-¡Edu, por fin! Estoy en un Starbucks chupando wifi.
-Ok, mándame la ubicación y paso a buscarte.
Edu es un amigo de mi padre que conocí hará unos quince años durante un fin de semana que pasamos en su casa del delta del Ebro. Recuerdo que nos vino a buscar en coche a un punto de encuentro y yo me pasé a su coche para recorrer el último tramo. Conducía un Seat Ibiza azul un poco guarro y mientras hablaba conmigo iba dando sorbos a una lata de Estrella Damm que, a juzgar por las que había ya en el suelo, no era la primera. Tengo que reconocer que me preocupé un poco, pero no duró mucho porque Edu me cayó genial desde el principio. Era un hombre bajo y delgado, con una barba que le resaltaba la perilla y un pelo cobrizo y ondulado peinado hacia atrás. Era junto a Carlines -el mejor amigo de mi padre- el más simpático de su banda.
Un día, volviendo de la playa, a Edu se le ocurrió la brillante idea de dejarme conducir su coche sin que yo siquiera se lo hubiera pedido. La idea aún así me pareció genial, a pesar de tener doce años y no haber conducido un coche en mi vida. Nos subimos en el coche Carlines, Edu y yo y arrancamos, no sin dificultades, hacia la casa. Me sorprendí a mi mismo por lo bien que lo hacía, pero tuve algunas dificultades en un par de curvas cerradas justo antes de llegar a la casa. La primera conseguí salvarla torpemente, pero ni Edu ni Carlines se lo tomaron como un aviso de lo que iba a suceder más adelante. De hecho, incluso me hicieron maniobrar para rectificar el mal angulo que había cogido. En la segunda curva, a unos cincuenta metros de la casa, no conseguí girar lo suficiente y nos fuimos directos contra una palmera. ¡Pam! No fue un impacto muy fuerte, pero lo fue lo suficiente para romper alguna parte importante del coche que impidió su disfrute durante los días siguientes. A partir de ese día Edu pasó a ser mi héroe.

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